INTERPRETACIONES DE LA OBRA

Opinión

Tico Medina

En mi casa de niño de granadino, había visto un espejo de azogue. Siempre me sentí fascinado por su misterio, por su magia infatigable. Me gustaba sentarme frente a él, aquel viejo espejo de las luces y las sombras, en el que me veía y también ‘veía lo que no se veía’ en ningún otro espejo del mundo. No quería yo los espejos venecianos de las casas de mis amigos ricos que tenía un Carmen en el Albaizín de Granada, ni siquiera me gustaba mirarme en las aguas quietas, como názar del sur, de la alberca de mi abuela, donde florecía las rosas del fango. No, me gustaba el secreto del espejo de azogue, su poesía vibrante, aquel otro mudo real-irreal, que me ofrecía. Porque en él, estaba fielmente retratado mi paisaje  exterior, pero también se veía con fidelidad el alma que en ese instante golpeaba los pliegues más oscuros, a veces también más claros de mi alma.

Eso es este espléndido, mágico, pintor extremeño, y además de Granadilla, de la raza de los mejores, de cuando los dioses pintores nacían en Extremadura, que ha traído hasta mi casa un breve y bravo, lienzo con un paisaje íntimo de zócalos y mosaicos. Gracias. Le venía siguiendo el pulso desde hace tiempo. Uno es viejo y contador de estrellas. Me gustaban, me fascinaban, los ojos claros de las damas jóvenes de Carrero, ese espléndido retrato con cenefa del Rey Juan Carlos, severo, solemne, con un punto de preocupación de estado en los ojos. Encima de la mesa esas naranjas sobre el mantelillo primoroso, lleno de suspiros femeninos, la definición pecadora e íntima de la curva adorable, los poetas elegidos para acompañar sus lienzos, esos poetas que pintan como él, que firma el fondo de sus versos frente al espejo de azogue, que recoge no sólo lo que ve sino lo que no se ve también. Esa es la grandeza de Carrero: las fotos sepias de los álbumes lejanos y cercanos, la ausencia y la distancia que emanan, su misterio, otra vez la misma palabra, los espejos rotos, los cuadernos a cachos, y lo que de él han dicho los mejores, los que están habituados a contar el resplandor de las cosas. Y ve el zócalo, el mosaico siempre ó casi siempre mudéjar, el nuestro, el que lleva en el bordado de barro y color la historia del artesano. La alacena, la flor -la alacena vieja, antigua- , la rosa fresca en el vaso, la niña con rostro de mujer, la mujer con la cara de niña, el zapatito desvaído y terrible. Ve el torero impresionante, real, frente al espejo del valor y del miedo, más allá del realismo, del hiperrealismo, el suprismo, el carrerismo, o sea, el que pinta lo que mira y lo que siente el que está mirando. El espejo de azogue del cuarto de estar de mi casa, de la calle Moral de Magdalena de Granada. Lápices, mandarinas, maletas, la memoria, la melancolía del futuro. Él lo ha dicho. Pinto la piel suave de las cosas. Claro. Esa es la definición más simple del alma. Hace inmensas las historias pequeñas. El cuaderno escolar, escrito a mano, con la pluma aquella de coronilla, el lápiz afilado como un puñal o una pluma de cisne al viento, éste es el  pintor Carrero, el poeta que pinta, siempre sobre el interrogante de ese mosaico, ese friso, de baño íntimo o de mezquita bajo el olivar de Fez. Siento desde Granada al pintor de Granadilla. Es-el-pintor-que-pinta-con-amor, frente al espejo de azogue. Me ha sobrecogido, por su verdad y por que su-verdad-es-una-verdad-que-sueña-, tanto que si usted pega el oído a su espejo, sentirá que bajo esa piel, desnuda, siempre hermosa y fría, laten, viven, respiran, sufren, cantan, recuerdan, mueren y resucitan, ese millón de excepcionales historias de lo cotidiano y lo onírico, que forman parte de nuestra vida. Y nosotros sin saberlo.

 

Tico Medina

Periodista

 

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